Arte y artistas de Jujuy
La paleta del NOA: cerámica, textil y pintura en altura
Arte y artistas de Jujuy
Hay lugares donde el arte no necesita justificarse. La Quebrada de Humahuaca, ese corredor de piedra y color que corre entre San Salvador de Jujuy y la Puna, es uno de ellos. Declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2003, la Quebrada no es solo un paisaje: es un archivo vivo de formas, técnicas y materiales que llevan siglos en uso. La arcilla extraída de sus propias laderas, la lana de oveja, llama, vicuña y alpaca que hilan mujeres en altura, la madera de cardón tallada con herramientas simples. Todo viene de acá. Todo se queda acá, o viaja transformado en objetos que cargan con algo que no se puede fabricar en serie: la memoria de quienes los hicieron. Este artículo no es un catálogo turístico. Es un intento de nombrar —con nombres propios, con datos concretos— a los hombres y mujeres que sostienen una de las tradiciones plásticas más antiguas y más vivas del país. Ceramistas con cuarenta años de oficio. Tejedoras que se organizan en red para vender al exterior. Pintores que murieron hace décadas pero siguen enseñando. Y galerías, museos y ferias que hacen posible que todo eso llegue a más manos.
La Quebrada de Humahuaca tiene aproximadamente 155 kilómetros de largo. En ese tramo, conviven comunidades kollas con historia prehispánica, pueblos que fueron posta en la ruta del Inca y luego en las guerras de la Independencia, y hoy una cadena de talleres, mercados artesanales y espacios culturales que hacen de ese pasaje uno de los circuitos de arte y artesanía más densos del país. No es solo abundancia: es acumulación de tiempo. El ceramista Oscar Mendoza trabaja con arcilla desde los años setenta. Son más de cuatro décadas en las que el material que extrae de la Quebrada, la Puna y los Altos Valles fue pasando por sus manos y convirtiéndose en vasijas, figuras, formas que reconocen una técnica de modelado que no cambia porque no necesita cambiar. Ese tipo de continuidad es rara. En el mundo del arte contemporáneo, donde la novedad es casi una obligación moral, la permanencia de un oficio tiene algo de acto de resistencia.
El arte jujeño no vive solo en los talleres. Hay museos en Tilcara que llevan décadas reuniendo y mostrando obra regional, galerías en San Salvador que apuestan por lo andino contemporáneo, y ferias anuales que convocan a miles de personas en plazas de pueblos pequeños. La infraestructura cultural existe, aunque muchas veces funcione con pocos recursos y mucha voluntad. Y hay redes de artesanas —algunas con más de treinta organizaciones nucleadas— que llevan años construyendo canales propios de comercialización, desde locales en Tilcara hasta tiendas online que llegaron a clientes mayoristas en otras provincias y en el exterior. El mercado no les fue dado. Lo construyeron ellas.
La pintura tiene su propia historia en la Quebrada. Medardo Pantoja, nacido en Tilcara en 1906, es la figura histórica de referencia: fue llamado 'el pintor de la Quebrada de Humahuaca' y su obra sirve todavía hoy como una de las entradas más directas al paisaje y la vida cotidiana de la región tal como eran a mediados del siglo XX. El Museo Regional de Pintura 'José Antonio Terry', creado en Tilcara en 1956 y reinaugurado oficialmente el 31 de julio de 1966, lleva su nombre en honor a otro artista que encontró en el norte argentino su motivo central. El museo expone arte argentino, artesanías y fotografía, y funciona como punto de continuidad entre generaciones de artistas que eligieron esta geografía como materia prima.
Lo que hace singular al arte de Jujuy no es solo la tradición. Es también la tensión entre esa tradición y lo que viene después. El dúo Meraki —Cristian Villegas y Yesica Moya— trabaja body painting, murales y obra contemporánea desde la Quebrada. Su trabajo dialoga con lo ancestral pero no se limita a reproducirlo: lo reinterpreta, lo lleva a soportes nuevos, lo pone en conversación con lenguajes visuales que vienen de otros lados. Esa tensión es productiva. Es lo que mantiene viva a cualquier tradición: no la conservación estática, sino el choque constante con lo nuevo.
La cerámica es quizás el arte más antiguo de la región y el que más directamente conecta con el territorio. La arcilla no se importa: se extrae de la Quebrada misma, de la Puna, de los Altos Valles. Leocadio Toconas, ceramista de Humahuaca con taller en el centro del pueblo, trabaja con esa materia prima local para producir animales del norte, vasijas, figuras humanas, cardones, pastores. Son formas que tienen referentes concretos en el paisaje y la fauna locales, y que al mismo tiempo cargan con siglos de iconografía andina. Ver una pieza de Toconas es ver el NOA resumido en arcilla.
La arcilla como lenguaje: ceramistas de la Quebrada
Oscar Mendoza empezó a trabajar el barro en los años setenta. Hoy tiene más de 41 años de oficio como ceramista kolla y su taller funciona como uno de esos espacios donde el tiempo parece haber encontrado una velocidad diferente. No trabaja con moldes industriales ni con arcillas compradas en proveedoras de materiales. Extrae la arcilla él mismo, de lugares que conoce desde hace décadas, y la trabaja con técnicas de modelado que desarrolló y fue refinando a lo largo de su vida. El resultado son piezas que llevan su nombre pero también el del territorio: es imposible ver una vasija de Mendoza y no pensar en la Quebrada.
Leocadio Toconas representa otra línea dentro de la cerámica local. Su taller está en el centro de Humahuaca y es uno de los espacios que los visitantes pueden conocer de cerca, en ese contacto directo con el proceso que la Quebrada ofrece casi como protocolo de turismo cultural. Las piezas de Toconas tienen una vocación narrativa evidente: animales norteños, figuras de pastores, cardones que reproducen en miniatura el paisaje de afuera. No son souvenirs. Son piezas con intención estética y con un vocabulario visual específico, desarrollado durante años de trabajo con el mismo material y los mismos referentes.
La muestra 'Guardianes de la Quebrada', que tuvo lugar en el Museo Soto Avendaño de Tilcara, ilustra bien hasta dónde puede ir la cerámica local cuando se propone algo más que la funcionalidad. Las piezas exhibidas —figuras de temática ancestral y espiritual— exploraron el territorio simbólico de las comunidades originarias con una sofisticación formal que va más allá del artesanado convencional. El Museo Soto Avendaño, como espacio activo con muestras temporales, cumple exactamente esa función: abrir sala a trabajos que necesitan un contexto para ser leídos en su complejidad.
“La arcilla no se importa: se extrae de la Quebrada misma. Ver una pieza de Toconas es ver el NOA resumido en barro.
La cerámica jujeña tiene también sus circuitos de comercialización. La Feria Artesanal de Humahuaca, permanente y recurrente, es uno de los puntos de referencia conocidos por coleccionistas y por quienes buscan piezas fuera de los circuitos del mercado del arte formal. Arte Guanuco, local reconocido en la Quebrada, es otro espacio que conecta a los artistas con compradores que valoran la procedencia y la historia de cada pieza. El circuito no está centralizado en Buenos Aires, lo cual es un diferencial: el arte de la Quebrada se vende, principalmente, donde se hace.
El tejido como red: mujeres artesanas que se organizan
Aurelia vive en Volcán y trabaja con lana de llama. Usa telar de metal y produce diseños tradicionales que llevan siglos de historia en la iconografía andina. Es uno de los nombres que aparece cuando se recorre la Quebrada en busca de artesanas que trabajan en sus propios espacios y reciben a quien quiera ver cómo se hace. Pero el tejido en Jujuy no es solo una práctica individual: es también una forma de organización colectiva que, en los últimos años, encontró estructuras de comercialización que cambiaron la escala del trabajo.
Celeste Valero es tejedora, pero también organizadora. Joven quebradeña que decidió no trabajar sola, logró unificar a doce artesanas y crear la marca Qenqo —nombre que hace referencia a un punto de tejido y, en quechua, a 'camino ancestral'. Opera desde Huacalera con la única tienda de textiles artesanales de esa localidad, y nuclea a tejedoras de Maimará, Tilcara, Yacoraite y La Quiaca. La marca no es un ejercicio de branding: es un modelo de trabajo que le permite a cada artesana mantener su práctica individual mientras accede a un canal de venta compartido. El resultado son piezas únicas que llegan a compradores que de otro modo no habrían sabido dónde encontrarlas.
A escala mayor, la Red Puna es quizás el ejemplo más desarrollado de lo que puede lograr la organización colectiva en el campo de la artesanía textil. Es una organización de segundo grado: no nuclea artesanas directamente, sino a treinta organizaciones de base de la Quebrada y la Puna. En conjunto, trabajan con 120 mujeres artesanas tejedoras. Tiene local de venta en Tilcara —operando hace más de ocho años—, tienda online activa desde 2020, y clientes mayoristas en otras provincias y en el exterior. La Red Puna es un caso de estudio sobre cómo la economía social puede articularse con los circuitos del mercado sin perder el control de la producción ni la identidad de las piezas.
“Qenqo: 'camino ancestral' en quechua, y también el nombre de una marca que demostró que doce artesanas juntas llegan más lejos que doce artesanas solas.
La Red de Artesanos Textiles de Jujuy amplía ese mapa a los Valles de Altura, la Quebrada, la Puna y la Altura, integrando organizaciones de base como UPPAJS, Barranquillas y Lloque. Son redes de redes: estructuras que reconocen la diversidad de prácticas y contextos pero que apuestan a la acción conjunta para acceder a mercados, a capacitación y a políticas públicas. La investigación académica sobre estas formas de comercialización —publicada entre otras plataformas en ResearchGate— documenta cómo estas organizaciones construyeron durante décadas canales propios en un mercado que históricamente tendió a intermediar y a quedarse con la mayor parte del valor generado por las artesanas.
El trabajo textil en Jujuy usa materiales que van de la lana de oveja a la vicuña, pasando por la llama y la alpaca. Cada fibra tiene sus propiedades, su lugar en la jerarquía de los materiales, sus técnicas específicas de hilado y teñido. Los tintes naturales —obtenidos de plantas, minerales y cochinilla— producen colores que tienen una relación directa con el paisaje donde se hacen: los ocres, los verdes olivados, los rojos que vienen de la grana, los azules del añil. Una pieza tejida con esos materiales y esos tintes es un mapa cromático de la geografía que la produjo.
Los museos de Tilcara: memoria y presente
Tilcara concentra la mayor densidad de espacios museísticos de la Quebrada. El Museo de Bellas Artes 'Fundación Hugo Irureta', creado en 1987 en una casona colonial del centro del pueblo, tiene cinco salas de exposición permanente y temporal. Su política de apertura a artistas plásticos regionales —cerámica, pintura, escultura— lo convierte en uno de los espacios más activos para el arte local. No es solo un repositorio: es un espacio donde el arte jujeño contemporáneo puede verse en un contexto institucional sin tener que viajar a Buenos Aires para existir.
El Museo Regional de Pintura 'José Antonio Terry' tiene una historia más larga. Creado en 1956 y reinaugurado oficialmente el 31 de julio de 1966, lleva el nombre de un pintor porteño que encontró en el norte su motivo más persistente. Terry pintó Jujuy con una intensidad documental y una sensibilidad plástica que hicieron de su obra un archivo visual de la vida andina de principios del siglo XX. El museo que lleva su nombre expone arte argentino, artesanías y fotografía, y funciona como punto de articulación entre el patrimonio histórico y la producción actual.
La figura de Medardo Pantoja —nacido en Tilcara en 1906, conocido como 'el pintor de la Quebrada de Humahuaca'— completa ese trío de referencias históricas que sostienen la identidad pictórica de la región. Pantoja fue el primer artista oriundo de la Quebrada en construir una obra de reconocimiento nacional. Su existencia importa no solo como dato biográfico sino como precedente: demostró que era posible nacer en Tilcara, pintar la Quebrada y ser reconocido. Ese antecedente tiene peso simbólico para los artistas que vienen después.
Fuera de Tilcara, en San Salvador de Jujuy, la galería U+WA Arte Andino Contemporáneo —ubicada en N Pueyrredón 725, Alto Gorriti— representa una apuesta por el arte andino desde una perspectiva contemporánea. No es un espacio de artesanías ni de arte folklórico: es una galería con programa curatorial que trabaja con artistas que actualizan el lenguaje visual andino sin abandonar sus fundamentos. La Galería de Arte del Municipio de Jujuy, dependiente de Cultura Municipal, completa la oferta institucional de la capital provincial.
“Pantoja fue el primer artista oriundo de la Quebrada en construir una obra de reconocimiento nacional. Ese antecedente tiene peso simbólico para todos los que vienen después.
Ferias y encuentros: el arte que sale a la plaza
El 18 de julio de 2025, Maimará recibió por decimoquinta vez la feria Masi Maky. El nombre viene del quechua: 'Manos Amigas'. Cuatro días, plaza central, entrada gratuita. Artesanías, música, danza, gastronomía. Quince ediciones de una feria que empezó pequeña y creció hasta convertirse en uno de los eventos culturales de referencia de la Quebrada. Masi Maky es un dato que merece ser leído con cuidado: quince años de continuidad en un pueblo pequeño implica voluntad política, organización comunitaria y una demanda que se renueva. No es casualidad. Es trabajo.
La Feria Provincial del Mercado Artesanal de Jujuy llegó en julio de 2025 a su cuarta edición. Tiene escala provincial y agenda institucional, lo cual implica un tipo de visibilidad diferente: no es solo el circuito de visitantes que recorre la Quebrada, sino también la atención de compradores mayoristas, periodistas y gestores culturales que de otro modo no llegarían a los talleres de Huacalera o Maimará. Estas ferias cumplen una función que el mercado del arte formal pocas veces reconoce: son el espacio donde el precio se negocia directamente entre quien hace y quien compra, sin intermediarios que capturen la diferencia.
La Feria Artesanal de Humahuaca opera con una lógica diferente: es permanente, o casi. No tiene la temporalidad de un evento anual sino la recurrencia de un mercado integrado al funcionamiento cotidiano del pueblo. Para quienes van buscando cerámica del norte argentino, es un punto de referencia consolidado. Para los artesanos locales, es un canal de venta estable que no depende de que haya temporada turística alta. Esa estabilidad tiene valor en un contexto donde los ingresos de los artesanos son generalmente intermitentes.
El ecosistema de ferias y mercados que existe en la Quebrada no es solo económico. Es también un mecanismo de transmisión cultural. Cuando un ceramista instala su puesto en Masi Maky y trabaja frente al público, está haciendo algo más que vender: está mostrando un proceso, sosteniendo una técnica, habilitando la posibilidad de que alguien que lo ve decida aprender. La educación informal que ocurre en estos espacios es tan importante como la que sucede en los talleres formales, y muchas veces más efectiva porque tiene la inmediatez del contacto directo.
Arte vivo a 2.000 metros: lo que el NOA produce y lo que significa
Hablar del arte de Jujuy sin hablar del territorio es imposible. La Quebrada de Humahuaca no es solo el fondo de paisaje donde ocurren estas historias: es el material mismo. La arcilla de Oscar Mendoza viene de acá. Los colores con los que teje Aurelia en Volcán responden a una paleta que tiene miles de años de historia visual en esta geografía. Los animales que modela Leocadio Toconas —pastores, llamas, cardones— son los animales y las plantas que están afuera de su taller. El arte del NOA no es una representación del territorio. Es una producción que sale del territorio.
La declaración de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2003 tuvo efectos dobles sobre la Quebrada y sobre su producción artística. Por un lado, aumentó el flujo turístico y con él la demanda de artesanías, lo cual generó oportunidades económicas pero también presiones hacia la producción en serie y la simplificación de las técnicas. Por otro, visibilizó la región a escala global y abrió puertas a mercados que de otro modo habrían sido inaccesibles para los artesanos locales. La Red Puna y su tienda online son, en parte, una consecuencia indirecta de esa visibilidad. El desafío es capturar las oportunidades sin perder lo que hace que estas piezas valgan lo que valen.
Meraki —Cristian Villegas y Yesica Moya— trabaja en ese límite. El body painting y los murales son lenguajes del arte contemporáneo global; la iconografía andina que alimenta su trabajo es local e histórica. La síntesis que produce el dúo no es concesión ni pastiche: es la forma natural que toma el arte cuando quien lo hace tiene un pie en la tradición y otro en el presente. Ese tipo de producción es cada vez más visible en los circuitos del arte contemporáneo argentino, y Jujuy tiene condiciones únicas para generarla: una tradición visual potente, materiales de primera calidad y artistas que crecieron dentro de esa tradición pero que también conocen el mundo de afuera.
La madera de cardón merece una mención aparte. El cardón es la columna vertebral del paisaje puneño —esa cactácea gigante que puede vivir siglos y que cuando muere deja un esqueleto de madera liviana y resistente que los talladores usan desde antes de la conquista. Tallas en madera de cardón son uno de los elementos más reconocibles de la artesanía jujeña: figuras, marcos, muebles pequeños. El material es gratuito en el sentido de que lo provee el monte, pero su recolección y trabajo requieren conocimiento específico y respeto por los tiempos del ecosistema. No se puede apurar un cardón.
La pregunta que subyace a todo este panorama es cómo sostener lo que existe. Los artistas y artesanos de Jujuy trabajan mayoritariamente sin los apoyos institucionales que tienen sus pares en Buenos Aires o en otras capitales provinciales con mayor presupuesto cultural. Las redes que construyeron —Qenqo, Red Puna, Red de Artesanos Textiles— son respuestas pragmáticas a esa escasez. Los museos de Tilcara operan con recursos limitados. Las ferias dependen de la organización comunitaria. Lo que existe en la Quebrada existe porque la gente que lo hace decidió que existiera, y esa decisión se renueva todos los años, en cada pieza que sale del taller, en cada telar que se pone en marcha al amanecer en Huacalera o en Volcán.
El arte de Jujuy no necesita ser descubierto. Lleva siglos siendo hecho. Lo que necesita —y cada vez más lo tiene— es ser nombrado con precisión, comprado a precio justo y reconocido por lo que es: una de las producciones plásticas más densas, más técnicas y más enraizadas en su territorio de todo el país. Cuando Celeste Valero unificó a doce artesanas bajo el nombre Qenqo, cuando Oscar Mendoza vuelve cada vez a buscar su arcilla a la misma Quebrada de siempre, cuando el Museo Irureta abre sus salas a un ceramista regional que no tiene galería propia, están ocurriendo cosas que merecen más atención de la que suelen recibir. Este artículo es, en el mejor de los casos, un comienzo.