El grabado en Argentina: una tradición que no se apaga
De Achiras a Buenos Aires: la estampa como lenguaje vivo
El grabado en Argentina: una tradición que no se apaga
En algún punto de San Martín 1255, en Posadas, Misiones, una mujer de ascendencia japonesa despliega los materiales de una técnica que tiene más de mil años: papel washi, tintas al agua, planchas de madera. Sumika Kawakubo llegó de Japón en 2023, después de tres décadas viviendo en ese país, y abrió un taller de mokuhanga los martes a la tarde en La Tienda Cultural. No es una anécdota pintoresca ni un exotismo importado: es la versión contemporánea de algo que el grabado argentino ha hecho siempre, absorber influencias, territorializarlas, convertirlas en lenguaje propio. Mientras en Buenos Aires el Museo Nacional del Grabado custodia doce mil obras en papel y sostiene una memoria que arranca en 1933, y mientras la Red Latinoamericana de Cultura Gráfica conecta talleres desde Bogotá hasta Santiago, en el interior del país la estampa sigue viva de la misma manera en que siempre estuvo viva: con alguien que enseña, alguien que aprende y una plancha que tarda horas en construirse para que la imagen dure siglos.
El grabado no es una disciplina que seduzca por velocidad ni por espectacularidad inmediata. Exige concentración, tiempo, repetición. Cada decisión que se toma sobre la matriz, sea madera, metal o piedra, es irreversible o casi. Esa condición de lentitud calculada lo separa de las prácticas artísticas que dominan la atención contemporánea y, al mismo tiempo, lo protege de la banalización. No es casual que el grabado haya sobrevivido tantas revoluciones tecnológicas con dignidad intacta: la fotografía no lo mató, la impresión offset no lo reemplazó, el arte digital no lo hizo obsoleto. Lo que el grabado ofrece, la huella, la matriz, la multiplicidad controlada, es algo que ningún algoritmo puede falsificar.
Argentina tiene una relación larga y compleja con la estampa. No es solo una práctica de taller universitario ni un nicho para especialistas. Es una tradición que atraviesa generaciones, geografías y contextos políticos. Adolfo Bellocq grabó la miseria porteña en aguafuertes que son documentos sociales tanto como obras de arte. Aída Carballo construyó un universo perturbador con sus xilografías de figuras deformadas por el miedo y la soledad. Antonio Berni inventó el collage de grabado, los Ramona Montiel y los Juanito Laguna ensamblados con materiales de desecho que venían del mismo mundo que representaban. León Ferrari llevó la gráfica hacia la denuncia política con una claridad cortante. El Museo Nacional del Grabado, fundado en 1933, guarda todo eso y más: doce mil obras en papel que constituyen uno de los archivos más completos de la historia visual argentina.
La colección del Museo Nacional del Grabado no se limita a la producción local. Incluye piezas de Goya, Rembrandt y Picasso, lo que ubica al grabado argentino dentro de una genealogía global sin pretensión ni falsa modestia. La exposición reciente titulada "Grandes Maestros, un homenaje" presentó más de cuarenta obras del patrimonio propio del museo, un gesto institucional que dice algo importante: el acervo existe, es significativo, y merece ser mostrado como argumento en sí mismo, no solo como contexto o introducción a otras cosas.
Pero la tradición no vive solo en los museos. Vive también en los talleres barriales, en las asociaciones, en los espacios culturales de las provincias. La Asociación Estímulo de Bellas Artes (AEBA) en Buenos Aires mantiene un taller de grabado con los docentes Carlos Scannapieco y Yam Paez. La Universidad Nacional de Cuyo en Mendoza ofrece taller de grabado y arte impreso dentro de sus Actividades Artísticas y Talleres Libres. La UMSA en Buenos Aires tiene su propio espacio de grabado y experimentación. Y en distintos puntos del país funcionan talleres independientes, algunos con nombre, muchos sin presencia en internet, que sostienen la práctica desde abajo.
El Palacio Libertad en Buenos Aires llegó a abrir un taller de grabado en la terraza de su Auditorio Nacional. La imagen tiene algo poderoso: la estampa como práctica al aire libre, encima de la ciudad, sin las condiciones controladas del estudio clásico. Es una señal de que el grabado puede salir del taller cerrado sin perder nada esencial, y de que hay una demanda real de aprender a hacer este tipo de trabajo con las manos.
Sumika Kawakubo y el mokuhanga: una técnica milenaria en el norte argentino
Sumika Kawakubo estudió en el Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya de Posadas, donde se recibió en 1979. Cinco años después completó un posgrado en Educación a través del Arte en la Tokyo Gakuguei University. Lo que podría haber sido una trayectoria lineal se convirtió en algo más extraño y más rico: pasó tres décadas viviendo en Japón, donde ingresó al grupo Takeno-kai, un colectivo de grabadores fundado por el maestro Takeji Asano, con sede en Kyoto. Kawakubo lleva siendo miembro desde 1997.
“El mokuhanga usa tintas al agua sobre madera. No hay solventes, no hay químicos agresivos. La técnica tiene más de mil años y sigue siendo, en términos ecológicos, más limpia que la mayoría de las prácticas gráficas contemporáneas.
El mokuhanga es xilografía japonesa tradicional. Usa tintas al agua sobre planchas de madera, sin solventes ni químicos agresivos, lo que lo convierte en una técnica limpia en todos los sentidos: limpia para quien la practica, limpia para el ambiente, limpia en el resultado visual. El papel washi, poroso y resistente, absorbe las capas de color con una suavidad que el papel occidental reproduce mal. Los resultados tienen una luminosidad particular, algo que los grabadores que trabajan con tintas al aceite reconocen como una diferencia de temperatura más que de técnica.
Cuando Kawakubo volvió a Posadas en 2023, lo hizo con décadas de formación encima y con la decisión de enseñar. El taller que abrió en La Tienda Cultural, en San Martín 1255, es un espacio de transmisión directa: ella frente a sus alumnos, los martes a la tarde, con los materiales sobre la mesa. Expuso en el Museo Provincial de Bellas Artes Juan Yaparí y tenía planificada una exposición invernal en el Museo Areco con obras propias y de sus alumnos, lo que muestra que el taller no es solo un espacio de formación sino también un circuito de exhibición en construcción.
La historia de Kawakubo es, en miniatura, la historia del grabado argentino: una práctica que viaja, que cruza fronteras, que absorbe técnicas de otras tradiciones y las reinscribe en contextos locales. No hay contradicción entre la misionera que aprendió en Kyoto y la docente que enseña en Posadas. Hay, al contrario, una coherencia perfecta con lo que el grabado siempre fue: una técnica portátil, transmisible, que no necesita grandes infraestructuras para existir.
El Museo Nacional del Grabado: doce mil obras y una pregunta sobre el futuro
El Museo Nacional del Grabado fue fundado en 1933. Noventa y tres años después sigue siendo la institución de referencia para la gráfica en Argentina. Su colección permanente ronda las doce mil obras en papel: xilografías, litografías, aguafuertes, serigrafías. El catálogo es una historia comprimida del arte argentino del siglo XX visto desde el grabado, con todos los nombres que importan: Bellocq, Carballo, Collivadino, Forner, Pettoruti, Rebuffo, Sergi, Ferrari, Berni.
La presencia de Goya, Rembrandt y Picasso en la colección no es un capricho curatorial. Es una declaración de principios: el grabado argentino se inscribe en una tradición universal que arranca en los talleres europeos de los siglos XVII y XVIII y llega hasta el presente. Cuando el museo muestra a Berni junto a Rembrandt no está haciendo una equivalencia ingenua, está trazando una genealogía que le da profundidad histórica a la práctica local.
“Doce mil obras en papel. El Museo Nacional del Grabado es uno de los archivos más completos de la historia visual argentina, fundado en 1933, antes de que muchos de sus artistas más importantes hubieran hecho sus obras más importantes.
La exposición "Grandes Maestros, un homenaje", con más de cuarenta obras del patrimonio propio, es un ejemplo de cómo una institución puede trabajar desde adentro hacia afuera: sin importaciones ni préstamos espectaculares, con lo que tiene, mostrando que lo que tiene alcanza. Es también una respuesta implícita a la pregunta que se le hace a todo museo de grabado: ¿tiene sentido una institución dedicada exclusivamente a este medio en una época en que los límites entre disciplinas se borran constantemente? La respuesta que da el Museo Nacional del Grabado es práctica, no teórica: doce mil obras dicen que sí.
La dirección web del museo, museodelgrabado.cultura.gob.ar, lo ubica dentro del sistema de museos nacionales del Ministerio de Cultura. Esa pertenencia institucional es una garantía de continuidad, pero también una limitación: los tiempos del Estado no son los tiempos del arte, y los presupuestos de la cultura pública argentina tienen una historia de vaivenes que cualquier trabajador del sector conoce de cerca. La pregunta no es si el Museo Nacional del Grabado va a sobrevivir, sino con qué recursos y con qué capacidad de acción.
La red latinoamericana: grabado como práctica regional
En noviembre de 2025 se realizó el II Encuentro Internacional de la Red Latinoamericana de Cultura Gráfica en Bogotá, entre el 5 y el 8 de ese mes. Casi simultáneamente, entre el 26 y el 27 de noviembre, hubo un encuentro paralelo en Santiago de Chile. La red, que tiene su presencia digital en redculturagrafica.org, representa algo que el grabado latinoamericano necesitaba desde hace tiempo: una estructura de circulación que no pase obligatoriamente por Europa o por Estados Unidos.
Argentina participa de esta red a través de un grupo de Facebook activo: "Red Latinoamericana de Talleres de Grabado y Afines". La existencia de este grupo, con su formato aparentemente modesto, dice algo sobre cómo funciona la cultura gráfica en la región: de manera horizontal, con pocos recursos, sostenida por la voluntad de los propios grabadores. No hay una sede central, no hay un presupuesto visible, no hay una estructura burocrática que la sostenga. Hay personas que comparten información, convocan a encuentros, documentan sus prácticas y se reconocen mutuamente como parte de una misma tradición dispersa.
La escena internacional del grabado tiene sus propios circuitos: las ferias de arte impreso en Nueva York, Londres, Berlín, las bienales de gráfica en distintos países. Argentina aparece en esos circuitos de manera fragmentada, con artistas individuales que logran inserción propia pero sin una política de promoción sistemática. La Red Latinoamericana es una alternativa más orgánica: construir primero el mapa regional y desde ahí negociar la presencia internacional con más masa crítica.
Los talleres independientes: donde la tradición se transmite sin apellido
El Taller Radal, que puede encontrarse en radal.ar, trabaja con mokuhanga y mokulito, que es la versión japonesa de la xilografía aplicada sobre piedra, una práctica que cruza la xilografía con la litografía y produce resultados que ninguna de las dos técnicas por separado puede replicar. El Taller Nahual, en tallernahual.com, trabaja específicamente con grabado no tóxico e impresión, una línea de trabajo que tiene cada vez más presencia en la escena de la gráfica contemporánea y que responde a demandas reales: los grabados con ácidos fuertes tienen restricciones de espacio, ventilación y seguridad que muchos artistas no pueden resolver.
El grabado no tóxico no es una versión menor del grabado tradicional. Es una rama técnica con sus propias posibilidades y sus propias limitaciones. Usa mordientes alternativos, resinas fotosensibles, técnicas de marcado en frío. Los resultados son diferentes a los que produce el ácido nítrico sobre zinc, pero no son necesariamente inferiores. Son distintos. Y en un campo artístico que valora la distinción, esa diferencia puede ser una ventaja.
“El grabado no tóxico no es una concesión a las restricciones de espacio o presupuesto. Es una línea técnica con su propia poética, sus propias posibilidades, su propio catálogo de resultados imposibles por otros medios.
La Universidad Nacional de Cuyo en Mendoza ofrece taller de grabado y arte impreso dentro de sus Actividades Artísticas y Talleres Libres, con oferta de verano. Esto es relevante porque ubica el grabado en el sistema de educación universitaria pública no obligatoria, es decir, como una práctica que la institución considera valiosa para ofrecer a su comunidad más allá de las carreras de grado. Que una universidad nacional sostenga un taller de grabado abierto al público es una forma de legitimación institucional que no depende del mercado del arte ni de la moda curatorial.
La UMSA en Buenos Aires tiene su propio espacio de grabado y experimentación, con una introducción al arte impreso que apunta a quienes no tienen formación previa en la disciplina. El dato es significativo: hay demanda de aprender grabado entre personas que no son artistas profesionales, que buscan una práctica manual precisa, lenta y con resultado tangible. En un momento en que la cultura digital ofrece velocidad y desmaterialización como valores dominantes, el grabado ofrece exactamente lo opuesto y parece que eso tiene un atractivo creciente.
Existe también un campo de talleres de perfil bajo o regional sin presencia consolidada en internet, espacios que funcionan por redes de boca en boca, que no tienen sitio web ni aparecen indexados en búsquedas simples pero que sostienen la transmisión de la técnica en sus territorios. La falta de visibilidad digital no equivale a inexistencia. El grabado en Argentina tiene mucho de eso: una práctica que circula por canales que los buscadores no capturan, que existe en la memoria de los que participan más que en los archivos online.
Qué permanece, qué cambia
La historia del grabado argentino es una historia de permanencia con mutación. Lo que no cambia es el núcleo: la relación física entre el artista y la matriz, la plancha que recibe el trabajo y lo devuelve multiplicado, la posibilidad de que una imagen producida en soledad llegue a muchas manos. Lo que cambia es la técnica, el soporte, el contexto institucional, el mercado.
Las nuevas técnicas, mokuhanga, mokulito, grabado no tóxico, grabado digital con impresión analógica, no reemplazan al aguafuerte ni a la xilografía clásica. Conviven con ellos, amplían el campo de lo posible, atraen a nuevos practicantes que encuentran en esas variantes una entrada más accesible. Un taller como el de Kawakubo en Posadas puede coexistir perfectamente con el Museo Nacional del Grabado en Buenos Aires y con la Red Latinoamericana de Cultura Gráfica que se reúne en Bogotá y Santiago. No compiten: se complementan, llenan espacios distintos, responden a necesidades distintas.
La pregunta que subyace a cualquier discusión sobre el grabado contemporáneo en Argentina no es si la práctica tiene futuro, porque claramente lo tiene mientras haya personas dispuestas a dedicarle el tiempo que requiere. La pregunta es si las instituciones, los museos, las universidades, los ministerios de cultura, van a estar a la altura de lo que los talleres y los artistas ya están haciendo por su cuenta. El Estado argentino tiene una deuda histórica con la cultura gráfica que no se salda con una exposición puntual ni con un taller abierto en la terraza de un auditorio. Se salda con política sostenida, presupuesto real y decisión de largo plazo.
Mientras tanto, los martes a la tarde en Posadas, Sumika Kawakubo acomoda el papel washi sobre la plancha de madera y espera que la tinta al agua haga su trabajo. En Buenos Aires, doce mil obras duermen en el archivo del Museo Nacional del Grabado. En Mendoza, en la UMSA, en AEBA, en los talleres Radal y Nahual y en decenas de espacios que no tienen nombre en ninguna base de datos, alguien está aprendiendo a gravar. La tradición no se apaga. Se transmite de la única manera en que siempre se transmitió: de mano en mano, con la plancha en el medio.